Artículos- Reflexiones- Arte

Nuestros profesores comparten sus reflexiones y escritos, sobre el fascinante mundo del arte...

LA CREATIVIDAD

SER CREATIVO una actitud de vida

 

El otro día estaba junto a una madre en la consulta del médico. Su hijo de unos 5 años empezó a impacientarse y ella le dió un muñeco; no lo quiso; le dió un libro, lo tiró al suelo; le dió un lápiz y una hoja y se entretuvo un rato, pero terminó dejándolo a un lado. Así que, tras un profundo suspiro la madre cogió el móvil, seleccionó un juego y se lo dio...La calma se hizo presente.

 

Esto me dió que pensar, pues no es un hecho aislado, lo he visto en más de una ocasión. Me vino a la memoria que cuando era pequeña, con apenas 2 sillas y 2 mantas creaba un universo lleno de detalles en mi imaginación y se me pasaba la mañana "volando". Recordé anécdotas de mis padres y abuelos, que se criaron en el campo; no disponían de juguetes como los de hoy, y en cambio tenían muchos, pues con cuatro ramas y unas cuerdas eran capacesa de crear infinitos juegos multiusos. Si lo que concebían no existía, se creaba físicamente o con la imaginación: un palo se transformaba en una espada, una bandera o un bastón, en una varita mágica o en un lapiz gigante para dibujar en el suelo. Cualquier excusa era buena para divertirse, desde adivinar cuando iba a pasar la luz del faro por la puerta de la casa, hasta contar las estrellas...

 

Os voy a confesar algo: he tenido el priviliegio de ser educada en un ambiente artístico, rodeada de talleres con todo tipo de materiales, que daban rienda suelta a mi imaginación. Allí la televisión, la play station y juguetes comprados apenas existieron, sustituidos por pinceles, un trozo de barro, una tela y pinturas. Una excepción es el maravilloso "tente", con el que pasaba horas y horas. Estos son los juegos de los que más me acuerdo y con los que más he disfrutado.

 

Profesionalmente me dedico al ámbito artístico y educativo, donde veo que una amplia mayoría de niños no saben estar solos; es un comentario generalizado entre los padres. Observo también que tienden a adoptar comportamientos propios de los adultos. Y he notado además, que cuando algo no les sale bien por que implica una pequeña dificultad a superar, les entra la angustia, el agobio o el miedo y optan por no seguir. Prefieren no esforzarse, pues existen tantas cosas y opciones, que esperan que alguna se adapte a ellos. Así, anulan toda posibilidad de superación y crecimiento.

 

Me gustaría saber que ha pasado en los últimos años, para que se de esa diferencia entre los niños de antes y los de ahora. Aún podríamos hacernos una pregunta más profunda ¿no será que nos falta tiempo para los más pequeños? Les damos tantos productos prefabricados, tanta imaginación empaquetada, que estamos anulando su creatividad, su capacidad de tener respuestas, de salir adelante en la vida. Disponemos de maravillosas capacidades naturales que a veces se atrofian por no ser usadas o por no tener la posibilidad de dsarrollarlas. Y ahora no solo hablo de los niños.

 

Pienso, por mi experiencia profesional, que si se enseña a los niños a ser creativos, enseguida dan rienda suelta a su imaginación. Según el diccionario, creatividad es la capacidad de producir respuestas originales ante cualquier problema. Yo lo llamaría tener recursos: el niño en sus juegos, nosotros con nuestras dificultades. Para un artista, creatividad es variedad de opciones, pero también conocimiento de las técnicas para sacar el mayor partido a una obra. Que curioso: hay que conocer las técnicas y herramientas, si no, no hay posibilidad de generar recursos.

 

Ante las situaciones críticas y difíciles, ser creativos, nos permite ver las diferentes opciones para no desmoronarnos a la primera de cambio. Y es que estamos tan acostumbrados a que todo esté hecho que cuando pasa algo inesperado no sabemos que hacer y el mundo se nos viene encima, por que la superación no se compra.

 

Creatividad es una actitud de vida, una forma de aprender de la experiencia y sacar el máximo partido a todo. Es una forma de crecer, de superarse, de ver mas allá de las apariencias y de proyectarse hacia un futuro de éxito.

 

¿Que pasaría si por un momento, de golpe, todo desapareciese? Hace poco escuché por la radio que habían realizado una estadística para saber que tipo de personas superarían una catástrofe mundial. Afirmaban que serían los artesanos y los oficios creativos y reflexivos. Añadieron que en los países desarrollados sería tal el shock que muchos no podrían superarlo, pero que la gente de los paises pobres lo harían mejor. Enseguida surgió el comentario de un suceso que ocurrió en Nueva York, cuando una día de tormenta eléctrica se apagó la ciudad durante horas. Todo se paralizó y la gente se volvió loca por que no sabían que hacer, donde meterse, ni que pensar en cuanto a lo que estaba sucediendo. Muchos creyeron que había una catástrofe, una guerra, etc. Cundió la deseperación y el pánico...Ese día hubo más suicidios que el resto del año, por miedo y consternación de tantas horas solos y atrapados. En los países del tercer mundo tener apagones es muy natural, saben que el mundo no se desmonta y sigue funcionando. Otro ejemplo peor: en una catástrofe nuclear, sobrevivirían (aunque no me gusten nada) las cucarachas, por que han desarrollado una enorme capacidad de adaptabilidad y transmutación enfrentádose a miles de pesticidas; por eso fortalecidass y mas preparadas para superar las catástrofes. Parece increíble, no?

 

Claro está que hablamos de situaciones que surgen por una necesidad extrema. Creo que no es necesario llegar a eso para desarrollar el ingenio. Yo pienso que si la vida es un arte, la creatividad es el conjunto de herramientas con el que cosntruir nuestro propio destino. En conjunto, otorgan esa capacidad de recursos que nos permiten vencer imposibles. Surge entonces una especie de explosión de ideas, de entusiasmo natural, donde las alternativas aparecen ante nosotros, las dudas se aclaran y nos atrevemos a creer... Surge esa imaginación ccreadora que es capaz de proyectarnos hacia el futuro. Esta es la fuerza de la creatividad. Dejemos que surja en nosotros; nos ayudará a conquistar nuestros sueños y a superar las circunstancias de la vida. Hay un universo entero por descubrir.

 

Mónica Gutierrez

 

EL ARTE

Con el devenir del siglo XX, de las nuevas tendencias y movimientos artísticos surgidos de él, más las concepciones tradicionales y clásicas del arte, se podrían contestar las siguientes preguntas de muchas maneras y utilizando un sinfín de enfoques y posturas: ¿Qué es el arte?, ¿qué sentido tiene?, ¿cual es su finalidad?, ¿de dónde surge y por qué?

 

   Si respondiéramos desde la óptica de un artista underground, haríamos alusión a palabras como «provocación» o «anarquía»; si lo hiciéramos siendo expresionistas, daríamos preponderancia a la necesidad de expresar por encima de cualquier otro aspecto; como neoclasicistas pretenderíamos convencer sobre ideales políticos y socioculturales; y si fuésemos raperos hablaríamos de crítica y rebeldía contra el mundo y los poderes opresores; como artista abstracto, responderíamos a través de nuestra manera particular de entender y reinterpretar la realidad; y si fuésemos impresionistas daríamos una definición utilizando los conceptos de color, luz y movimiento, buscando trasmitir la bella simplicidad de la instantánea.

 

   Una de las acepciones del arte, desde que la Prehistoria le da nacimiento en el Paleolítico superior, ha sido la de servir como instrumento de expresión y comunicación del espíritu humano. Ya el homo sapiens-sapiens, el primer artista de la historia, utilizó el arte para comunicarse con las fuerzas mágicas y trascendentes de las que creía formar parte. Para este lejano creador, era un lenguaje místico y simbólico, fruto de una necesidad interior de comunicar e interactuar con la Naturaleza y con las mismas potencias que la animaban.

 

  Una visión metafísica y atemporal del arte nos la encontramos en muchas de las culturas antiguas, como por ejemplo en Egipto. El arte egipcio estaba dedicado a reflejar en la tierra modelos y arquetipos divinos. Era sagrado y estaba interpenetrado de símbolos trascendentales con los que estar en sintonía con realidades espirituales, pues su cometido fundamental era ser un vehículo mágico. De ahí que sobre todo se encontraba en templos y tumbas. Un artista anónimo del Imperio Medio dice: «Yo conozco el misterio de las palabras divinas y el despliegue de los actos litúrgicos. De toda magia me he provisto sin  que nada  se me escape.  Es que  soy un artista cumplido en mi arte, un hombre verdaderamente distinguido por mi ciencia».

 

   Platón nos explica varias maneras de acceder a nuestra realidad espiritual o a nuestro superconsciente, en palabras de la moderna psicología transpersonal. El sabio griego concebía al ser humano en tres partes: Nous (espíritu), psique (emociones, razón) y soma (cuerpo), y nos dice que una de las maneras de acceder al conocimiento del Nous es a través del arte en sus múltiples facetas.

 

   En el Renacimiento el arte marchó de la mano del Humanismo filosófico. La escuela neoplatónica de Florencia dirigida por Ficino, lo utilizó como un potente instrumento para la educación de la sociedad en valores y virtudes, y como un lenguaje simbólico dirigido a reflejar enseñanzas y realidades de orden alquímico y simbólico. Tal es el caso de obras como La Venus de Botticelli o Las Tres Gracias de Rafael. Como buen neoplatónico y heredero de una tradición milenaria que rescató para Europa, Ficino creía que el arte estaba destinado a recordarle al alma su origen divino. Sus manifestaciones más sublimes y perfectas no eran otra cosa que un reflejo de esa realidad trascendente.

 

   Leonardo Da Vinci, en su Tratado de la Pintura, explica la necesidad del artista de ser filósofo y elevarse al plano espiritual para profundizar en la metafísica de los cuerpos visibles y comprender así su virtud interna. Sólo de esta manera sería capaz de conocer el espíritu de las cosas para manifestarlo a través de su obra. Leonardo nos habla del arte como un camino para ascender a la verdad y para conocernos a nosotros mismos, pues si es capaz de mostrarnos la esencia de las cosas sensibles de este mundo, y ésta forma parte a su vez de la esencia de todo cuanto existe, entonces también nos podrá conducir a los ocultos misterios del universo.

 

    Mircea Eliade, el prestigioso antropólogo y simbolista, nos habla de dos aspectos de la vida: lo profano, que es el plano que carece de trascendencia porque es cambiante y pasajero (es el aspecto cotidiano de nuestras vidas), y lo sagrado, asimilado a aquello que perdura y está relacionado con experiencias de carácter trascendente que nos impactan interiormente.  Así,  Mircea Eliade  distingue  ambas realidades también en relación al arte, un arte profano dirigido a embellecer físicamente nuestros entornos cotidianos, y un arte sagrado dirigido a embellecernos interiormente.

 

   Y es que esta manera de entender el arte como una vía de conocimiento de nuestro ser interior o para entender una realidad no profana, suena lejano, extraño y quizás arcaico, ¿arte y espíritu? Son dos conceptos diferentes, presuntamente aislados y que no se suelen asociar. Sin embargo, desde el Paleolítico hasta el siglo XIX, no se entendió el arte sin esa trascendencia.

 

   Ya más cerca de nuestra época, movimientos como los prerafaelitas o el art noveau, el romanticismo e incluso el neoclasicismo victoriano, entre muchos otros, defendieron la necesidad de devolver al ser humano esa magia, esa ética-estética con un aire místico, pues la naciente sociedad industrial estaba ensombreciendo todo exponente de belleza y de profundidad humana en favor del progreso tecnológico.

 

   Hoy, gran parte del sentir y pensar de nuestra sociedad deviene de esa explosiva época de finales del siglo XIX y principios del XX. Algunas semillas se plantaron en el Renacimiento, otras en la Ilustración y todas acabaron regadas por la Revolución Francesa. De esas semillas ha surgido la sociedad mercantil e industrial que conocemos, generando una ciencia increíble que ha aportado al mundo avances tecnológicos sorprendentes. Nacieron el concepto de capital y de materialismo, la empresa, los derechos humanos y del trabajador, etc. Después de siglos de fanatismo y represión religiosa, esta naciente sociedad que se convertirá en nuestro presente, puso en tela de juicio todo aquello relacionado con lo espiritual y metafísico, por ser conceptos estrechamente vinculados a una religión concreta. A pesar de todo, es posible que más allá de cualquier forma religiosa, el arte puede ser un canal de expresión del espíritu humano, una forma filosófica de buscar respuestas a las preguntas más importantes de nuestra realidad interior.

 

   Los constructores medievales, los caligrafistas chinos o los escultores mayas; los sorprendentes arquitectos egipcios, los sublimes escultores griegos o los enigmáticos creadores de los megalitos…, de casi todos ellos ignoramos sus nombres, pero al situarnos ante sus obras podemos sentir que fueron concebidas con un afán de eternidad, un espejo de sí mismos y de su sociedad. Confucio, un viejo maestro chino que vivió en el siglo V a.C., nos habla sobre esa misteriosa relación entre el arte y el corazón humano: «La música surge del corazón humano. Cuando son tocadas las emociones, éstas se expresan en sonidos, y cuando los sonidos toman formas definidas, tenemos la música. De esta manera, la música de un país pacífico y próspero es tranquila y alegre, y el gobierno ordenado; la música de un país agitado revela descontento y cólera; y la música de un país en decadencia revela pena y nostalgia del pasado, y el pueblo está angustiado».

 

   Veíamos al principio distintas concepciones modernas del arte. Ahora, desde esta óptica histórica, se nos presenta con una amplitud de matices que todavía nos enriquecen más: un reflejo de la Naturaleza y sus enigmáticos reinos, un punto de encuentro entre realidades metafísicas, un modelo de superación personal e incluso una escuela para educar nuestro carácter, nuestras emociones y nuestra inteligencia. Y todo esto puede ser posible gracias a que el lenguaje artístico es universal, pues se apoya en dos conceptos fundamentales: el símbolo y la intuición. El arte es en sí un lenguaje simbólico que se expresa a través del sonido, el color, la luz, la forma, el sentimiento, la armonía… El símbolo no entiende de fronteras físicas ni intelectuales sino de trasmitir una realidad perenne. La intuición es desde siempre el vehículo humano a través del cual percibir el arte más allá de la razón o de las emociones. Símbolo e intuición son canales de manifestación y comprensión de realidades metafísicas que se vinculan por simpatía y coherencia al arte y a su lenguaje más profundo.

 

   ¿Quién no se ha emocionado alguna vez ante una obra de arte y se ha sentido pequeño o grande, feliz o eufórico? ¿Quién ha olvidado la fealdad de su mundo para elevar su conciencia unos instantes a otra realidad más hermosa, al escuchar una sinfonía de Beethoven o al alzar su mirada hacia la Gran Pirámide? ¿Quién no se ha emocionado ante la poesía de Kalil Gibrán, de la divina Safo o de nuestro apasionado Lorca? ¿Quién no ha derramado lágrimas ante el cuerpo envenenado de Julieta o se ha sentido un héroe en el fragor de la batalla frente a las murallas de Troya? ¿Quién no se ha preguntado el sentido de la vida ante una película de Capra?

 

   El arte posee un misterioso poder para elevar nuestras conciencias, para insuflar un eco de eternidad y dar sentido a nuestras vidas. Uno de sus propósitos podría ser también recordarnos constantemente quienes somos y de lo que somos capaces, como nos dicen tantos sabios y artistas a lo largo de la historia: «Los espejos se emplean para verse la cara; el arte para verse el alma» (George Bernard Shaw). Quizás sea esa su esencia más preciosa: hacernos recordar…

 

Gil Miró

Comunicación y Marketing

Reflexión sobre la Comunicación y el Marketing de los Artistas

 

Desde hace diez años, utilizo el arte como un canal para complementar las campañas de marketing y comunicación de mis clientes, especialmente en el ámbito de la hostelería, produciendo algunas exposiciones fotográficas para llevarlas de “tour” allá donde nuestros clientes necesitaban abrirse paso, u organizando exposiciones de artistas  para dinamizar la presencia mediática de distintos espacios.

Después de años de interacción con artistas en distintos ámbitos de creación, detecté una carencia común en todos ellos: el marketing y la comunicación. Entonces decidí emprender una iniciativa pedagógica, organizando cursos prácticos de marketing y comunicación para este colectivo, con el objetivo de compartir  algunas herramientas básicas que puedan servir y pueda fácilmente llevarse a la práctica.

Obviamente la comunicación es un arte, que se aprende no sólo con el dominio de la técnica, sino con la práctica constante. Pero todo aquel que quiera presentar alguna propuesta en sociedad, sea una idea, sea una colección de fotografías o de esculturas, etc., tiene que ser consciente de la necesidad de poder comunicar, ya que esa idea, esa escultura o esa pintura, no se va a materializar ante los ojos de los demás si no se difunde.

 

Para los artistas difundir no sólo es que haya un comunicado de prensa o una crítica acerca de su obra, sino más bien el hecho de exponer, ya que al presentar su obra en sociedad, además de compartir una propuesta de expresión desde un punto de vista particular, el artista promociona su percepción artística, que dependerá, además de su valía en el dominio de la técnica y la habilidad en la expresión, del grado de aceptación que reciba de los demás.

 

Este grado de aceptación viene del ejercicio constante en el oficio. Aunque nos parezca que el dúo musical “Los del Río” haya tenido suerte con su rotundo éxito “Macarena”, la verdad es que vienen cantando desde los años 60, aunque nuestra conciencia sólo registre el éxito obtenido en 1995. Hay 35 años de cultivo en el oficio.

 

Es por eso que recomiendo a los artistas que estén comprometidos con su arte, que expongan por lo menos cuatro veces al año, ya que a través de esa plataforma de comunicación, podrán, además de depurar su técnica y ganar habilidad, interactuar con el público y enriquecerse del intercambio. La exposición es una fuente de información de primera mano, que no debe desaprovecharse.

 

Algunos ejemplos concretos

Muchos de los artistas que acuden a mis cursos se quejan de que los medios de comunicación no les hace caso cuando ellos les envían una invitación para sus inauguraciones.  Los artistas esperan que de esa invitación surja un artículo, o que por lo menos salga su evento publicado en la agenda. 

Para que ese envío sea más eficaz, es recomendable, además de enviar la invitación digital, que sea acompañada de texto, con una pequeña descripción si carece de un comunicado de prensa, además de una fotografía de la obra.


Las redacciones no disponen ya de mucho personal que pueda “mecanografiar” los textos que vienen en una imagen, siendo más fácil, si el texto está bien redactado y la información es correcta, “copiar y pegar”. Esto no asegura la publicación, pero mejora las posibilidades.

 

Igualmente, algunos artistas se quejan de que cuando exponen no venden lo que ellos esperaban vender. Aquí nos remitimos al ejemplo de “Los del Río”, a quienes el estrellato no les llegó hasta mucho, pero mucho después. No obstante ellos no dejaron de “comunicar” desde que empezaron su andadura artística en los años 60, lo que refuerza la necesidad de la comunicación constante, especialmente si uno está comprometido con lo que hace.

 

Más que pretender enseñar el oficio de la comunicación, lo que hago en mis cursos es hacer tomar conciencia a los artistas de la necesidad de comunicar, ya que si no comunican no se dan a conocer…y si no se dan a conocer es como un tesoro escondido, que si bien es un tesoro, no puede ser disfrutado ni admirado por nadie.

 

Sergio G. García

Arte Oriental

 Haiku-Do El arte de captar el instante eterno. 

 

Vivir el aquí y el ahora; estar presente en cada acto, en cada gesto; volver al origen de las cosas y buscar el vacío para llenarse del Universo entero. Tales consignas inspiraron a los japoneses en su anhelo por desvelar los misterios del cosmos y de su propio ser. El Zen pretende llegar a una experiencia mental que se conoce como satori, un estado de conciencia en el que no se necesitan los conceptos para definir la realidad, pues, ayudados por la intuición, ésta se contempla personalmente. Se trata de una experiencia directa de lo real: «La preparación de nuestra mente para esa conciencia (satori) constituye la principal finalidad de todas las escuelas de misticismo orientales, y en muchos aspectos, en la propia forma de vida oriental… En la dicha meta». Según Daisetz T. Suzuki, esta idea «es el fundamento no sólo de la filosofía del pueblo japonés, sino que a su vez es lo que el budismo zen ha aportado para el cultivo de la sensibilidad artística… Es aquí donde se establece la relación entre el zen y la concepción japonesa del arte… Cuando un arte presenta dichos misterios de una forma realmente profunda y creativa, y remueve hasta lo más hondo de nuestro ser, se transforma en obra divina».

 

Experimentar el satori era la meta más elevada para un artista, ya que el zen supo imprimir en todas las artes la idea del dô, del «camino», para llegar a esa experiencia. Un verdadero artista era considerado como tal cuando a través de su obra se podía percibir un destello de lo eterno en el mundo de los cambios continuos, pues implicaba que había penetrado con su visión en el misterio. Como dice Alan Watts: «Muy próximo a la sensibilidad zen se hallaba el estilo pictórico caligráfico que se practica con tinta negra sobre papel o seda y que generalmente combina la pintura con un poema» … el haiku.

 

El haiku es la forma más breve de escribir poesía que se puede encontrar en la literatura universal. Son breves sentencias y frases zen escritas en lenguaje poético-simbólico, que reflejan perfectamente el carácter nipón: intuitivo, reflexivo, objetivo, sereno, de pocas palabras pero de profundo contenido, ya que sólo ellos pueden captar en 17 sílabas -métrica del haiku- un elevado sentimiento humano cargado de belleza, de fuerza y de espíritu. «Es la forma poética más natural y más apropiada, y la más vital también, para que el genio japonés dé libre curso a sus impulsos artísticos; por esta razón, quizás, hace falta tener una mente japonesa para apreciar plenamente el valor del haiku». La duración de un haiku es la de un suspiro, pues es más importante el sentimiento que las palabras, en especial si alcanza su grado máximo; en tal caso, palabras y descripciones sobran.

 

SÓLO CON SER YA ESTOY AQUÍ, BAJO LA NEVADA

 

El verdadero valor y la genialidad del poeta residen en su habilidad para expresar lo inefable, para ayudarnos a ver más allá de las formas, para mostrarnos la inmutabilidad en el reino de los cambios, para conmover nuestro corazón y transformar algo en nosotros: nuestra visión de la realidad, nuestra manera de mirar el mundo.

 

Un haiku transmite lo que realmente es, sin complicaciones ni rebuscadas descripciones; de ahí su brevedad y su magia: «El silencio lo es todo, y viene automático, natural…» Pretende volver a la sencillez de las cosas, encontrar su sentido e interpretar su lenguaje; el poeta va descubriendo que hasta lo más simple y elemental tiene un profundo significado dentro del conjunto, tiene una historia que contar, y por ello va penetrando poco a poco en su propia idiosincrasia hasta que ésta le es revelada.

 

LA LEY DE BUDA, BRILLANDO EN EL ROCÍO DE UNA HOJA

 

Este estilo poético no trabaja con ideas ni se afana en describir un objeto o un ser, sino que «sugiere, entre líneas, mucho más de lo que expresa». Nos evoca imágenes, símbolos que captamos a través de la intuición; invita a participar, en vez de dejarnos mudos de admiración y que el poeta se luzca. No intenta tampoco cambiar el mundo; busca ponernos en contacto con él, nos lleva de la mano a contemplarlo. Se sirve de las palabras, pero su intención es trascenderlas e ir más allá. Utiliza un instante concreto de tiempo y narra los ciclos de la naturaleza, sus procesos y manifestaciones, su causa, su ser.

 

Si logramos hacer el vacío de que nos habla el zen, si conseguimos parar nuestra mente y dar el gran salto de lo dual a lo uno, de lo que se expresa a lo que realmente es, podemos llegar a vislumbrar lo que el poeta vivió en ese momento. Si disfrutamos con plenitud toda la belleza que se esconde en su interior, entenderemos por qué el escritor no es sino un instrumento.

 

CAE UN PÉTALO DE LA FLOR DEL CEREZO;

SILENCIO EN LA MONTAÑA.

 

Alcanzar la maestría en el arte del haiku no es tarea fácil. Significa una larga y paciente maduración interior para hacer que de un solo trazo y sin ninguna corrección, la mano ejecute con una técnica altamente depurada las percepciones del espíritu. Es un largo proceso del despertar de los sentidos internos, aquellos que nos unen con el Universo. Es una perfecta armonía entre cuerpo, mente y espíritu, ya que el haiku debe encerrar en sí mismo una sensación, un estado de ánimo, una imagen, un despertar de la conciencia y una vivencia.

 

QUÉ AGRADABLE Y PURA EL AGUA DE LA MONTAÑA

PARA EL PEREGRINO VESPERTINO.

 

Tanta espontaneidad, tanta poesía desbordada emerge gracias al impulso de tres grandes religiones que confluyeron en Japón.La actitud contemplativa y la búsqueda de la armonía con el orden natural fueron estimuladas por el taoísmo. La unión de la ética con la estética, de lo simple con lo metafísico, devino del confucianismo. Tratar de liberarnos de todo tipo de límites y ataduras racionales fue la aportación del budismo. Por lo tanto, el haiku es una vía espiritual, un dô, un camino de perfección. Es contemplación, liberación, comprensión, identificación y unificación con la Naturaleza y con nosotros mismos.

 

Resumiendo podríamos decir que estos poemas son la bella manifestación de una experiencia, la simplicidad escrita en versos. El artista -extasiado por una sensación de entusiasmo que le transporta a un instante inmóvil- deja atrás sus creencias y prejuicios personales para ser canal de luz y plasmar aquello que su alma percibe intuitivamente, lo comprenda o no la razón, porque va más allá de lo intelectual, más allá de las definiciones. En pocas palabras, es la experiencia del satori, es zen.

 

Expresar nuestros sentimientos, mostrarnos tal cual somos, abrazar la Naturaleza y vivir con plenitud cada segundo, son emociones que buscan salir de nuestra cárcel interior. Mucha gente encuentra en el haiku una manera de mirar nuestro tiempo, tan material y tecnológico, de un modo más sencillo, más espiritual.


Fernando Celli